Muerte en un extraño bosque.

Por Eduardo Medina

Despierto, y me encuentro en un bosque de altos pinos frondosos; hace mucho frío, y no llevo abrigo. Creo que estoy al final de un camino, no recuerdo haberlo recorrido, pero frente a mí solo hay una muralla densa e impenetrable de árboles y arbustos espinosos. Aunque, bien podría ser el inicio; tengo la sensación de que alguien o algo me ha traído aquí, pero tampoco lo puedo recordar. Es un sendero ancho, bien dibujado; su tierra es firme, sin piedra o maleza dentro; debe ser caminado a diario por más de uno. No me queda más uso de razón que empezar a caminar; el destino final no puede ser malo comparado a la nada y el frío donde ahora estoy.  

La luz que pobremente se cuela entre la altura de los pinos me hace pensar que pronto oscurecerá y habrá más frío que soportar. Es un cielo gris oscuro uniforme, que además amenaza con intensa lluvia. Me muevo apresurado sin poder dejar de pensar en las mismas preguntas siempre: “¿Cómo habré llegado aquí?, ¿vine acaso a hacer senderismo?, ¿por qué no puedo recordarlo?, ¿hay siquiera un bosque cerca de donde vivo? No recuerdo haber salido de casa, ni haber despertado… ¡Eso es! Esto es un sueño, ahora todo tiene sentido, estoy simplemente soñando, pero en los sueños no se siente frío ni dolor, ¿o sí? Tengo tanto frío que los dedos de mis manos comienzan a doler… No, no, no, no… Solo es una ilusión, es un sueño y ya, tal vez tengo frío en la realidad y lo estoy sintiendo aquí, es todo; solo tengo que seguir caminando hasta despertar. Es un sueño, es solo un sueño y cuando despierte ni lo voy a recordar; seguro hasta lo he soñado antes más de una vez”. Así continúo mi camino, con ese pensamiento reiterativo que me ayuda a mantener cierta cordura.

La lluvia da sus primeras señales de vida en forma de brisa; y la oscuridad florece de a poco arrastrándose entre los troncos y ramas hasta llegar a las orillas del camino. El frío es mayor que hace media hora. No me había dado cuenta en qué momento había dejado de discurrir sobre la idea del sueño; tal vez fue en los primeros quince minutos, no lo sé, no recuerdo. Los sueños no se suponen deban durar tanto, y menos con el mismo escenario tan invariable. Si hago las cuentas es más o menos una hora desde que desperté. Si esto fuera un sueño no debería estar tiritando ni con la nariz escurriendo; me equivoqué al pensar que estaba soñando, ¡soy un idiota! Al menos la llovizna no ha pasado de eso, una tormenta sería mi fin. Mi paso es más lento, me siento cansado y con hambre, eso tampoco debería sentirse si solo soy una imagen en mi cerebro. ¡Por el amor de Dios, no estoy en un maldito sueño! ¿Qué hago? Quizás, y ya estoy muerto; pero, no estoy en el cielo, de eso no hay duda; de infierno tampoco hay mucha pinta; veo más los colores de lo que sería el purgatorio. Tendría sentido, nunca fui buena persona, pero tampoco mala; creo en Dios, no del modo que muchos creen, pero creo en Él. A lo mejor es por eso que estoy aquí, ¡puedo ganar aun el perdón! Eso debe significar el camino, es el camino a la redención. Recuerdo que mi mamá me contó eso una vez: hay dos caminos cuando mueres, uno al paraíso y otro al eterno sufrimiento; uno está adornado con flores y el otro con espinas; la pregunta era, ¿cuál lleva a uno y a otro? De niño no sabía la respuesta; hoy sé cuál lleva a Dios y cual no, pero no veo ni espinas ni flores; mi madre debió de equivocarse, o solo fue el dramatismo religioso.

Cuando la oscuridad y el helado clima se adueñan por completo del bosque, y tiemblo demasiado con dedos tiesos, y una nariz y orejas quemadas por la gélida y persistente brisa. Tiemblo demasiado; si no estoy muerto entonces lo estaré en unos minutos. Tengo miedo, más no es a morir, en este punto morir sería un regalo para dejar de sufrir; sin embargo, es miedo a algo que empiezo a sentir a lo lejos, solo una sensación. Al cabo de quince minutos más… sigo vivo. Continúo castañeando los dientes, apenas veo el camino, me duele mucho el pecho, y tengo que forzar mis pulmones a respirar, pareciera que ya no lo hacen solos. ¡Me siento fatal! Pero, sigo andando, es como estar muriendo, pero sin poder terminar de hacerlo. Ya no hay dudas, este es el purgatorio y es mi castigo. Mi pregunta ahora es ¿cómo habré muerto? No tengo idea, tal vez olvidar tu muerte sea parte del castigo, ¡sí que sería horrible eso! Tratar de vagar eternamente en dolor helado siempre cavilando en como has llegado aquí; es lo que ahora hago, pues no sé más del tiempo, he perdido noción. Ya no sé cuánto llevo ya caminando, aunque últimamente se siente más como arrastrarse; ¿serán ya tres, cuatro o cinco horas?

Me he acostumbrado mejor a la penumbra, cada vez distingo más el paisaje tan igual; contrariamente el frío me flagela más arduamente esta noche tan incierta. Veo mi débil aliento en el aire al tiempo que por fin veo mies dedos hechos pedazos de hielo, así ya no los siento más; igual he perdido mejillas, orejas y nariz; solo me quedan los dedos de mis pies que siguen en dolor paso tras paso. Así avanzo ya sin pensamiento, me he vuelto una especie de muerto viviente que arrastra consigo frío, hambre y dolor.

No sé por cuanto continué así. Fue la sensación de miedo que me ha despercudido del trance en que me movía; el mismo que sentí sobre algo o alguien a lo lejos. El temor crece cuando escucho ruido a lo lejos, en la dirección donde inició esto. La brisa al tiempo se vuelve en una lluvia suave que esconde el ruido tenebroso entre el repicar de las gotas. Apenas vuelvo mi camino, el sonido lejano suena por encima del aguacero; es la melodía siniestra de una armónica que se repite sin parar.  El pavor prolifera en mi interior en la misma constancia que el ruido se acrecienta. Camino despacio, pero me esfuerzo para acelerar mi paso, pero me es inútil, mi cuerpo no logra reaccionar, y el dolor en mi pecho se fortalece. La horrible música crece. En mi intento por correr caigo al suelo lleno de lodo, siento las vibraciones de aquello que me asusta, se mueve rápido, me cuesta levantarme, pero mis dedos de cristal se rompen. Por fin de pie, intento salir y esconderme dentro del bosque; pero el camino parece atado a mí, o yo atado a él; siempre a cada paso que doy se muestra interminable, puedo acercarme a la orilla, pero antes de pisar su exterior mi pie vuelve a estar dentro, y el camino se alza de nuevo frente a mí. Lo intento una y otra vez mientras siento como el propio aliento de quien sopla la armónica en mi espalda; pero de nada sirve, siempre estoy a la mitad. Decido continuar rectamente; no tengo de otra. Mi dolor se torna insufrible. Vuelvo a caer, sé que esta vez no podré levantarme; aun así, lo intento, sin resultado alguno. Escucho aquello que me causa horror a unos cien metros de mí; luego a unos cincuenta, veinte, quince, diez, hasta detenerse. Con la cara llena de lodo y la oscuridad no distingo silueta alguna que me dé indicio de que se trata. Yazco en el suelo frígido a la espera de lo desconocido. La lluvia a parado, y el silencio inerte dura un rato sin que ni eso o yo hagamos algo. Me decido a moverme, apenas puedo gatear unos dos metros; lo mismo que ese ente se mueve para acercarse. Me rindo, no jugaré a huir y ser atrapado, que venga por mí de una vez. Mi situación ya no puede empeorar: estoy tirado en el suelo apenas con fuerzas para respirar, y cada respiro resulta en el dolor de docenas de largas agujas clavadas al unísono en mi pecho, como si mis pulmones también fueran hielo; el frío no cesa, y el lodo se vuelve cada vez más pantanoso; me empiezo a hundir lentamente. Mientras me sumerjo en el ahora desdibujado terreno, aquel sonido lúgubre renace; la siniestra silueta se mueve hacia mí. Carezco ya de voluntad en tratar de hacer algo; tal vez me desaparezca en el fango antes de que llegue, o tal vez no; pero sí estoy seguro de que no le enfrentaré con valentía, no es valiente entregarte a tu destino, sino lucharle, y yo, ya he sucumbido ante él. La ofusca sombra adquiere forma de a poco: es un carruaje, pero no va jalado por ningún caballo u otro animal, se mueve solo. El carruaje no se hunde como yo, anda por encima con grácil movimiento. Mi cabeza apenas sobresale del lodazal. El carro antiguo para sus puertas justo delante de mí, o lo que queda de mí. El tétrico sonido proviene de dentro, toca siempre que las ruedas se mueven; ¿toca para mover el carruaje o toca solo por la satisfacción del terror que cause a quien le escuche? Me he distraído tanto desvelando el misterio del horror, que no me he dado cuenta de la desaparición de mi dolor y frío; al tiempo que me doy cuenta de ello, el miedo también se ha disipado. Mi mente transita por la confusión: ¿Por qué habré sido liberado de mi castigo tan abruptamente?, ¿o acaso será que llevo en esta senda más de lo que creo?, ¿hace cuanto que he estado aquí?, ¿un día, dos, una semana, o quizá meses? No creo que lleve más de un año; pero todo puede ser en este mundo tan ilógico. La tortuosa cavilación ignora el hecho de que me continúo hundiendo; el no temer más me encasilla de nuevo en la duda de saber dónde estoy; ha dejado esté de ser el purgatorio. Trato de enderezar mi pensamiento: ¡Qué más da donde este!, ¿por qué tal carruaje esta ante mí?, ¿quién lo maneja? ¿por qué se ha empeñado en acosarme? Antes de sumergirme por completo debería de mostrarse; si pasaré la eternidad bajo el barro merezco saber quién me ha aterrado antes de tan desgraciado destino. El barro comienza a entrar en mi boca, no sabe nada bien; lo intento escupir sin éxito alguno. Mis ultimas miradas son dedicadas a la puerta de la carroza, con burda idea de que sea abierta todavía a tiempo. Es todo inútil, me hundo por fin. Todo parece acabar, no se puede decir que vea si quiera la oscuridad. No veo, no me muevo y tampoco respiro, es incómodo no hacerlo, pero no me causa percance alguno, no muero aún. Entro más y más a la profundidad, y la desesperación comienza a acechar entre lo indescriptible.

Después de no sé cuánto tiempo, me siento cansado; siento como mi mente deja de buscar los porques poco a poco, junto con ellos la ansiedad también se desvanece. Comienzo por quedarme dormido, ¿es eso posible? Parece que sí… Creo que sueño: Estoy en el bosque justo al lado del camino, justo al donde me he ahogado. Veo desde aquí el carruaje y a mí en el lodo; todo está más iluminado, por las sombras supongo podría ser mediodía. Es raro verse a uno mismo sin que sea en un espejo. Contemplo mi triste e ingenua mirada antes de mi partida al abismo, me doy lástima. ¿Debería ayudarme? Me acerco un par de pasos, sigo sin entrar al camino, tengo miedo de hundirme incluso en el sueño. Veo como desaparezco. Ya solo me queda ver la carroza, sigo esperando a que se abra aquella puerta… No sé de dónde tomo el valor y corro hacia la puerta, voy decidido a abrirla. Cada paso mi estatura se reduce, el ancho se vuelve interminable, mi cintura se ve cubierta, pero aun así sigo. Me cuesta demasiado dar los pasos, trato de abrirme camino con los brazos, pero es imposible. Estoy a escasos centímetros de alcanzar el paso del carruaje... ¡Por fin! Alcanzo a sostenerme, solo resta un poco de trabajo. Jalo mi cuerpo con ayuda del escalón que da a la puerta, y logro alcanzar la manija que la abre. Me tomo unos segundos para calmarme antes de abrirla. Mi respiración denota nervios y temor, me es imposible sosegarme por completo; ¡tengo que abrirla ya! Cautelosamente giro la manivela y mantengo la puerta entrecerrada, tomo una larga respiración… No tengo el valor, temo demasiado por lo que pueda o no encontrar. Puede más el miedo y me suelto; esperando a hundirme de nuevo. Cuando mi vista se oscurece alrededor por el lodo entrando a mis ojos; finalmente la puerta se abre lentamente, para ver en el último destello de luz la figura de la muerte y lo que parece una sonrisa.

FIN.

© Muerte en un extraño bosque, Eduardo Medina, 2025. Todos los derechos reservados.

Próxima narración.

¿Te gustó la historia? Puedes complementar o profundizar el sentimiento generado con la siguiente canción. Es el vino con que se acompaña esta historia.

Haz clic en las imagenes, link directo a la canción.

Ennio Morricone

The Man With The Harmonica

The Essential Ennio Morricone

Siguiente
Siguiente

Una cita más.